Detalles

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Dice el diccionario que el detalle no es algo indispensable, no es algo que forme parte esencial de un objeto, de un concepto. Simplemente lo completa. Detalle en sentido de accesorio, como en los coches. Pero en la industria del automóvil lo indispensable marca el precio base, y los accesorios (los detalles), la calidad y, por tanto, las gama y el mayor precio. En la vida, el confort está en el estilo, en el pormenor, e el detalle. Está claro que podemos conducir con un coche pelado, sin demasiadas pijadas, pero también lo está el hecho de que hay pijadas que colman tu conducción, empezando por las más básicas (seguridad, frenos) y acabando por las que acomodan la experiencia de uso (wifi, navegador, cámaras de aparcamiento, pantallas táctiles, localizador, sistema de velocidad crucero, etc.). El placer de… conducir, en este caso. El placer de lo bien hecho.

En las relaciones interpersonales pasa lo mismo, y a todos los niveles. Leí el éxito de un buen jefe, además de su aptitud y valía, está en el hecho que sea buena persona. El buen jefe, la buena pareja, el buen hermano, la buena amiga, como pasa en la parábola del buen Samaritano. La importancia está en las obras que no dejen las acciones en simples palabras. Y, al contrario, los buenos detalles que pueden cobijar a obras, aunque estas no sean del todo buenas. Podemos entender las decisiones, buenas o malas de acuerdo a nuestros intereses, de acuerdo a una lógica de ponernos en el zapato del otro. Pero lo que nunca entenderemos es que a la razón lógica de la decisión, se le añada el enseñamiento de quien no cuida el detalle, por temor, por riesgo o, simplemente, porque tal vez entiende la injusticia o inoportunidad de sus decisiones. Es decir, que causa un daño no deseado pero también mal gestionado. Y pasa más de lo que creemos, y a todos los niveles.

Con el paso del tiempo, he dejado de discutir los hechos, las cosas, las decisiones. No sirve de nada. Y más ahora, en una situación de tanta polaridad ideológica y social. Ahora trato de entenderlas y, sobre todo, reclamar que la puesta en marcha de las mismas tengan, al menos, la humildad, la delicadeza y la diligencia del empoderado, de quien las toma, de quien tiene la capacidad de decidir en tu nombre (y en el suyo). Y ahí, creo, por naturaleza, los humanos nos perdemos en juicios y, sobre todo, prejuicios. Los primeros, cuando nos vemos en la lógica de la superioridad moral de tener la razón, y los segundos, cuando nos hacemos a la idea de aquello tan viejo de que cree el ladrón que todos son de su condición.

Si todos pensamos que sólo la razón (decisión, relación, etc) nos legitima para la toma de decisiones, independientemente de los pormenores que llevan a la misma, podemos reducir nuestra razón y, por consiguiente, tener muchas probabilidades de eliminar nuestra ventaja ética. Lo más importante de los detalles está en la bondad del que cree que hacer el bien cuesta muy poco y, como se definía el poeta Antonio Machado en su Retrato: «…y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno» Y el detalle edulcora, reviste y hace la vida, como el coche, más placentera y confortable.

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El imprescindible coletero

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De la colección Amigas de baño, aparece ahora El Coletero, una versión estupendamente alegre de un complemento imprescindible en la logística de vida femenina, o eso creo. Sin coletero, no hay paraíso. Bueno, más bien, hay infierno. Y todo esto nace de una nueva aventura con mis amigas de #LaIndurain*

¿Dónde está mi coletero? Por Dios. Anoche lo dejé aquí y no lo encuentro. Yo no puedo salir así… (y eso que sólo tenemos que ir a desayunar al salón del hotel). «Mira cómo llevo el pelo», sigue exaltada. Yo miro con cara de susto y de sorpresa. Para un pelao como yo, la verdad, hay cosas que han pasado a la historia, a mi memoria infantil: uno es el champú y otro el cepillo. Pero claro, nunca caí en el coletero, ese gran complemento que ayuda, sobre todo, a salir de una apuro («y yo con estos pelos…») y que tiene un gran sentido de la utilidad (disimula un pelo sucio, un mal peinado o, simplemente, una noche movida, además de oxigenar la temperatura corporal en los días más calurosos).

Es tanto, que su ausencia crea coleteros improvisados, como un bolígrafo o un lápiz, haciendo las veces de utensilio para recoger el molesto cabello. Vamos, que se ha convertido en un imprescindible, pero no sabía hasta qué punto hasta que he podido convivir con ellas de una forma amigable. Insisto, cuando una mujer se mete en tu cama, en el fondo, deja de ser algo de ella misma (supongo que a nosotros nos pasa igual), y aparece en toda su extensión la auténtica mujer: es más ella, más genuina, más sincera y más intensa. Te ríes, y buscas el preciado coletero.

El coletero es otro elemento más de la divinidad femenina. Y, ojo, que me encanta, que la coleta es diversidad, casi siempre clase, libera el cuello, suele afinar la cara y, a mi entender, tiene un marcado punto excitante y sensual. Mucho, diría yo. Pero, como os decía al inicio, es un elemento imprescindible y casi excluyente de esa logística femenina que pasa por controlarlo todo, incluidos los pelos. Y me explico. Por ejemplo, yo puedo hacer un directo en televisión, improvisar acudir a una cena de trabajo a última hora o hacer una visita informal a alguien sin pensarlo mucho y sin ningún problema. Con el desodorante que tienes en el coche, y pasar la mano por la camisa para estirar las arrugas del suéter o la camisa, suficiente. Podríamos resumir así cuando, de forma improvisada, invitas a una amiga a un evento, cena o quedada:

-«No te había dicho nada, pero vamos a cenar. Si eso, luego, si te apetece, te pasas», le dices

– «No sé, será tarde… tal vez otro día», decía a modo de excusa.

-«Venga, va, no seas así… ¡Qué va! Vienes y te tomas una copa nosotros y nos echamos unas risas»

«Pero si no voy arreglada ni nada. Mira cómo voy vestida, además con estos pelos…», agrega para justificar su más que segura ausencia.

-Bueno, si te apetece, allí estaremos. Llámame», le dices, teniendo muy claro que no va a aparecer.

A ver: vas vestida -generalmente mucho mejor que nosotros, los hombres, sea cual sea el contexto-, puedes maquillarte en un momento y, lo último, puedes encontrar el aliado en tu coletero, si no te has lavado el pelo, si lo tienes un poco tirante o, si simplemente, no lo puedes domar. Además, una amiga mía siempre me cuenta: «como dice mi abuela, un poco de xoriset (rojo chorizo) en los labios, y todo arreglado». Esto es, que es más fácil que lo que parece desde dentro. Y que no deja tener su miga. El tapón abierto del gel y del champú es casi una anécdota en la delirante descripción humorística y crítica que las mujeres hacen de los hombres, si la comparamos con el coletero. Su ausencia (o pérdida) amenaza con amargarte el día -léase con una gran carcajada, por favor.

El coletero nació en los ochenta, se puso de moda en los noventa. Ilustres como Madonna o Hillary Clinton han sido abanderadas de la coleta en la batalla por defender que el glamour no sólo exige melena suelta al viento. De hecho, los recogidos de celebraciones (las famosas BBC -bodas, bautizos y comuniones), responden a eso. Bien entendido, el coletero ya es un elemento snob y de distinción. Benditos coleteros.

Eso sí, hay historias que desmitifican la estética y ponen atención en la utilidad. Así surgió, el coletero en espiral el 2011. Producto de una noche de fiesta y, como siempre, una metáfora del llamado recurso de la nevera vacía de los cocineros. El mejor cocinero no es el que planifica y elabora el menú más suculento, sino el que hace el mejor plato con los ingredientes que tiene en la nevera. Pues con el coletero en espiral pasó igual. Una noche de fiesta, un olvido (el coletero), y un gadget en desuso como un teléfono fijo. De ahí surgió, el improvisado coletero en espiral, que se convirtió en un gran negocio, por su patente. La protagonista, Sophie Trelles-Tvede, una estudiante universitaria que acudió a una fiesta, se hizo un coletero con el cable de un viejo teléfono de pared, y cuando despertó sintió un dolor de cabeza, pero no de sus cabellos alborotados o recogidos, sino de una resaca de gintonic. Es más, su pelo, amaneció perfecto. Y como todas las grandes ideas, nacen de errores, olvidos o ausencias. La necesidad fomenta la creatividad y el ingenio.

En el origen (también la pianista que improvisó un coletero de tela antes de una actuación, y que motivó que las grandes marcas se lanzaran también a crear diseños top de coleteros para todo tipo de contextos: más serio, más elegante, más casual, etc), fue la utilidad la que sacó el coletero del anonimato. Luego llegó el glamour.

Coletas de padre…

Ahondando un poco en mi memoria, yo también he pecado con los coleteros. También era un imprescindible cuando tenía que peinar a mi hija, hasta que ella aprendió a hacerlo. Era una aventura diaria: primero que saliera recto, después que todo estuviera en el sitio, que no hubiera pelos entre las vueltas que le das a la goma hasta que aprieta. Si te pasas de apretar, duele. Y lo peor de todo: «siempre, siempre, siempre… tenías que escuchar a la mamá de turno decir: ¿esa coleta se la has hecho tu, no? Pregunta que no respondía a una sorpresa positiva («¡mira qué padre más apañao!, si sabe a hacer coletas), sino más bien todo lo contrario («cómo se nota que esa coleta se la ha hecho el padre…») Y así era. Hicieras lo que hicieras, o eras peluquero o tenías un gusto y una maña especial por los coleteros (que hombres, por supuesto, haberlos, lógicamente, también los había) o quedabas señalado por tu torpeza a la hora de hacer la coleta (si hablamos de trenzas, ya ni contamos). Si, años después, vives la tragedia de no encontrar tu coletero, entiendes bastantes más cosas de cómo se ven las cosas desde fuera y cómo se ven y, sobre todo, se viven, desde dentro. Bendito e imprescindible coletero.

*Gracias a Ruth y a Helen, por admitir pulpo como animal de compañía, y por compartir esos momentos tan divertidos conmigo en el Campus Women Bike Costa Blanca. Un placer, como siempre. 
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El espíritu de Annemiek

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FOTO PORTADA @Movistar_Team

Si yo fuera mujer y ciclista… me sabría la obra y milagros de Annemiek Van Vleuten. Nacida en 1982, lucha a sus 40 años con jóvenes de físico portentoso. Si yo fuera mujer ciclista trataría, cada vez que me subo a la bici, imitar a una mujer que este año ha ganado las tres grandes, que se cayó en los Mundiales de Australia y que, con el codo a la remanguillé, se sacó de la chistera un maillot arcoiris de ensueño. En Tokio celebró como oro una magnífica medalla de plata. Es ganadora y no se detiene. Ningún ciclista tenemos el talento de nuestros ídolos, pero todos podemos convertirnos en ello@s, en la magnífica estampa de una de nuestras salidas en bici. Como decimos en el ECM (mi grupeta), juguemos a ser ciclistas… hasta la linea imaginaria de una meta con boxes en una ronda de buen rollo y cervezas.

Si yo fuera mujer ciclista…

Hace unos días acudí al Campus Women Bike Costa Blanca, organizado por Tribike Travel y Ciclored, vamos… por Belén y Luis. Acudieron mujeres ciclistas desde diferentes lugares, con diferentes objetivos y contextos de vida. Dos jornadas completas de bici como elemento único. Magnifico. Retomo el incio… Si yo fuera mujer ciclista, no pararía hablar de Annemiek. Por su edad, podria estar con nosotr@s en este campus, podría compartir experiencias con las chicas para las que la carretera es, en su mayoria, un lugar de riesgo, de solitario silencio, de reto casi insalvable… En el campus, al que asistí invitado por Belén (graciaaaas) y como amigo y acompañante de Ruth y Helen (El comando de #LaIndurain, donde coincidimos la primera vez), ciclistas que han roto el techo de cristal de las barreras que la mujer se pone ante el deporte en general y en el de la bici en particular, en lucha permanente con su conciliación de mujer, de su vida, de su entorno y de sus decisiones.

El espíritu de Annemiek lo representa nuestra Dori Ruano, una de la pioneras en el ciclismo de mujeres en España, con tres medallas en campeonatos del mundo en pista y ruta. Dori nos acompañó en el Campus, un lujazo. «Yo salía en bici con los chicos», nos decía. «Vosotros -nos comentó a los chicos- sois muy importante para que las chicas salgan en bici». Y allí estábamos, no animando a salir si no animando a competir, a superarse, a dar más de si. «Vamos Paloma, un poco más, aguanta hasta el final del repecho. Verás qué bien te vas a sentir después en el hotel», se escuchaba a Dori aninar. 90 kilómetros son muchos, 1.500 de acumulado («buuufff… no sé si podré). Son algunas de las quejas iniciales, las quejas del miedo por la falta de referencias. No hay logística que garantice llegar a la meta, sino una mentalidad a prueba de auto-barreras, las que nos ponemos cada uno.

«Un último esfuerzo, vamos…», le decía el segundo día a Sandra, con cara de agotamiento tras un alto ritmo en los ultimos kilómetros del campus. Helen y ella aguantaron ese final, con Luis, Pablo y yo mismo para hacer un final de campus espectacular. Para mí,es importante hacer de tu salida tu propia carrera, vivir el ciclismo desde la bici como Dori y Laura Alvarez nos lo comentan en Eurosport. Laura ha hecho en el micro lo que Dori en la carretera. Y hoy las hazañas de Annemiek, de Mavi García (campeona de España) de Sandra Alonso (promesa española emergente)tienen voz de mujer. Y lo escuchamos todos los hombres. Me encanta ver a Annemiek en la tele, siempre esperas que se saque algo. Es la Indurain de las chicas. Mi amigo Roque y yo coincidimos en junio en la cima del Gavia italiano con ella. Y muchos buscamos la foto, casi todo hombres.

El deporte femenino necesita de un relato propio, contado por ellas y vivido por ellas de forma intensa. Me hubiera gustado hablar de Annemiek en el Campus, pero su nombre no salió ni una vez. Tour, Giro,Vuelta y Campeonato del Mundo en una misma temporada… Se ha recorrido mucho, se ha hecho mucho camino, pero es necesario generar referentes (no sólo para las niñas, sino para todas aquellas mujeres que dedican tiempo a ir en bici) Por eso digo: si yo fuera mujer y ciclista no dejaría de hablar de Van Vleuten. Hablad de, consumid ciclismo, consumamos ciclismo, para confirmar referentes que nos animen a salir a la carretera. Cada día, afortunamdamente, hay más mujeres en la ruta. Y esto sólo acaba de empezar…

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El hechizo de (La) Induráin

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Pamplona es una ciudad de contrastes: tranquila, limpia y educada durante todo el año; bulliciosa, anárquica y festiva durante una semana. El influjo de San Fermín hace diferente la ciudad. Orson Welles decidió que la Pamplona de pañuelo rojo y pantalón blanco pasara a ser parte de su legado, inmenso en la historia de Hollywood. Su Ciudadano Kane fue su punto más alto. Campanadas a medianoche, el referente a una ciudad transformada, que hace de una plaza pequeña, un escenario multitudinario y de una calle estrecha, el mito: Estafeta.

En 1985, año en el que nos dejó Wells, Miguel Indurain fue líder de la Vuelta a España durante cuatro etapas, el más joven en la historia de la ronda, que es la única grande que curiosamente no ganó. Miguelón es de Villaba, pegada a Pamplona, ciudad que respira ciclismo porque La Indurain recoge el legado de uno de sus más ilustres nombres. Desde que llegas a la capital navarra, respiras esa emoción que te lleva a soñar. Por estas carreteras, Miguel Indurain fabricó con fortaleza sus cinco Tour de Francia y sus dos Giro di Italia, trofeos que engalanan la Feria del Corredor de Villaba, donde los Indurain dan nombre al Pabellón municipal, centro de operaciones de la prueba.

Women bike…

Mi estreno en La Indurain fue además especial. Profesionalmente he podido comprobar la potencia y capacidad del deporte femenino. Pero esta vez, lo he vivido desde dentro. Y os digo: es mucho más de lo que se ve desde fuera. Lejos de las etiquetas, las women bike son de otra pasta. No sólo luchan por hacerse hueco a codazos en el pelotón de ciclistas y cicloturistas sino que lo hacen con una voluntad, ambición y competitividad imperturbables. Ha sido un experiencia magnífica compartir carretera con ellas. Y en lo personal. Ruth, Helen i Belén me ha hecho sentirme como en casa, como si nos conociéramos de toda la vida. La carretera nos ha unido para siempre, y Pamplona ha sido la quedada que ha forjado una amistad a prueba de pedaladas… Gracias

Navarra en bici

Salimos pronto de la residencia en que dormimos. Eran las 7. A las 8 era la salida a 4 kilómetros, en Villaba. Decidimos no arriesgar. Llegando a la salida, desayunamos. Alli encontramos otro aventurero, un valenciano curiosamente. Nosotros, llegados cada uno de un lugar, presumimos de grupo. Somos amigas (ellas eran tres, y la democracia lingüística me lleva a integrarme en su género), y así llegamos a la salida. Nervios. Sabíamos la hoja de ruta: yo era la rueda a seguir de Elena; Ruth iba por libre con el estopaniano «conociendo a la peña, invitando a cañas» y dejando que su dorsal (1206) luciera desde el anonimato hasta el señuelo de una empatía que batió el anonimato que a los ciclistas nos provoca el casco y las gafas. Y me falta Belén, mi compañera de viaje, quien convertió la Indurain en un pequeño thriller de su vida: superar con una voluntad de hierro cualquier adversidad. Una vez más. Tremenda. Su cabeza pasó de asumir sesenta kilómetros a querer recorrer cien, sin riesgo a acabar disuelta en la carretera. Brutal. Llegó y, como siempre, con una enorme sonrisa en la cara. La Jelen fue otra cosa: aguantó mi impulsiva forma de pedalear y me permitió disfrutar la ruta. En ciclismo es básico guardar. Y ella me ayudó a enseñar y salvar mi rueda trasera y, de paso, disfrutar de mi alma gregaria.

Mi Indurain

Nada más salir mis piernas me hablaban y me decían: haz lo que quieras. Aguantamos. En mi vida, el compromiso es incuestionable. Y ser la rueda de Helen fue mi Indurain. Como os decía, tengo gen de gregario, rodador. Mi forma de ir en bici es también una alegoría de mi vida: disfrutar dándolo todo y disfrutar llevando al límite mis fuerzas. No quiero ganar a nadie, sinó vencerme a mi mismo. Subidas, descensos, llanos… siempre disfrutando de esos valles, de esos parajes verdes, coquetos pueblos del norte de Pamplona, de la Navarra que se confunde con sus vecinos vascos, la hoja que completa el lauburu. El paraje te envuelve, las gentes de los pueblos miman tus oídos con sus ánimos, y la carretera dicta tu propia lucha: una parte de tu afición al ciclismo es el culto a ti mismo, el silencio con tu propio esfuerzo, el diván de reflexión de tus debilidades. Cada una de nosotras llevó a Pamplona sus problemas, sus miedos y sus imperfecciones. Pamplona, la bici, la amistad, que arrancaba en la ciudad de uno de los grandes de la historia del ciclismo, hicieron el resto. La magia de Wells llevando a San Fermín del altar divino al de la gran pantalla, la transformamos gracias a Miguelón, corriendo por donde preparó su gran palmarés, y paseando por la ciudad del pantalón blanco y el pañuelo rojo que nos llevó a cantar, celebrar y bailar hasta bien entrada la madrugada. La Indurain nos ha hechizado. Volveremos.

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Ci vediamo…

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Los Dolomitas son un coloso, pero son la suma de muchos esfuerzos. Desde que sales de Bérgamo, y te acercas a Bormio, te atrapa la violencia del paisaje, la altura desmesurada que provoca romper por los valles, bañado en su inicio por la  calma y la pausa del Lago de   Como. Llegando a Bormio, desde Tirano, desde la misma carretera, ya ves a la primeros  ciclistas, cada cual persigue su reto. El Stelvio nos enseñará que los Dolomitas existen para ser conquistados, para se retados. Y sus carreteras, sus enormes porcentajes de subida, su longitud desmesurada es una invitación a ser seducidos, conquistados con aire de heroicidad.

Eso sentí subiendo Gavia (por Bormio), Mortirolo (por la vertiente de la curva del malogrado Pantani), y el Stelvio, el puerto más alto de Europa, por sus tres lados (dos en relidad), la subida que te exige fortaleza, paciencia, temple, habilidad, superación y te añade un gran aporte de endorfinas y, como consecuencia, felicidad. Seguramente la misma del que acaba un maratón, un súper trail o un ironman. Poner tu cuerpo a prueba, buscar tus límites. Cada sábado, nuestro ECM sube su pequeño Stelvio, rivaliza con la diversión de poner a pruebo al rival, el amigo triturado al final con las cervezas y sana con la felicidad de jugar a ser ciclistas, a emular al Van Aert de turno, y a esperar la próxima salida

Pero subiendo el Gavia y el Stelvio, uno no sólo emula al ciclista sino que reproduce sus gestas en el lugar donde ocurren: en las curvas de herradura, en las interminables rectas de porcentajes inhumanos, en la descensos infinitos. Por esas carreteras han corrido  los  grandes del ciclismo. Y por esas carreteras los muertos, como dice Pepe, nos sentimos inmortales, estrellas por un día y un poco héroes. Al ECM no le va eso de lo importante es llegar o participar, sino que buscamos que a  cada uno no nos quede nada, y nos duelan hasta las pestañas sábado sí y sábado también. En Dolomitas, el ECM (por desgracia no todos pudimos estar) estuvimos, fuimos y combatimos como siempre, pero llegar arriba no estaba en duda. Disfrutar del dolor en el camino, tampoco. La última subida a Stelvio, la mítica, la de la pared infinita, zigzagueada por turnati descontadas hasta la  cima ha sido, no sólo lo más duro y más largo que he subido jamás, sino también lo más imborrable, el recuerdo que te lleva a volver. Porque los Dolomitas enganchan, son adictivos, proporcionan un placer masoquista inexplicable.

Hablando, comentando, cada uno de los que fuimos nos trajimos algo. Con Roque, subimos, mano a mano, Gavia y Mortirolo, con esa habilidad y gusto suyo por los puertos, la habilidad para orientarse y su enorme capacidad para entablar relación con la gente. Don de gentes. En la bici, incansable y insaciable. Stelvio desde Pratto, su hazaña. Gavia.»Molt tenen que ser els altres perquè m’agraden més que el Gavia», em va dir el primer dia. I crec que no ha canviat d’opinió. Y además, vimos a Annemiek Van Vleuten

A Pepe, no le hace falta decir, se le ve. Pasa por negar su clase, pero sube y sufre todo lo que sabe y más. Si canta (Cuando el español canta…, suele decir), disfruta. Roque le acopla y le guía cuando la pendiente te mina. Los Dolomitas de Pepe fueron ascensos de a quien la escalada su cuerpo (como a mi) no le beneficia… Pero sin duda Pepe fue bajar, descensos míticos con los que todos disfrutamos. Pero sobre todo, Pepe es buen rollo y muchas risas. Acompañado de una cerveza, es todo cachondeo. Vamooos Pepe… «Si estoy muerto…» Y así siempre. Pepe es Pepe.

Pastera es la experiencia, la elección de la superación, del que lleva en el adn el gol que, en la bici,es la estrategia del que acostumbra al triunfo a la corta. Cada pequeña  victoria es una conquista. El coloso Stelvio fue la gran final, el partido con hydratation pause más largo, el más exigente. Su capacidad de sufrir fue proporcional a los 26 km de ascensión, tan dura como encoratjadora. Las fuentes fueron pausas para saciar la sed y esconder las ranpas del sobre esguerzo. Como todos, disfrutamos del descenso. Y Pastera hace de la habilidad virtud y saca el máximo rendimiento a sus fortalezas. Stelvio dejó secuelas pero alimentó su competitividad, alimentada desde siempre.

Y el roxi vive en su hábitat natural. Los Dolomitas son su casa. Si fuera italiano, haría  de Bormio su casa. Así, normal que,no soló pretenda volver, sino que sueñe con un motor home con presencia permanente en los colosos que reinan los Dolomitas camino de los Alpes. Subir es casi una necesidad de su cuerpo escuálido, nacido para escalar al que une una hijoputed necesaria que le da una capacidad ganadora, a veces incluso mayot que su reconocible clase. Tormento is storm. Como dice Barón Rojo: no ver, no hablar, no oir…

CAROLINA

Y ese fue el punto de conexión, el Canina dolomitico donde la reunión nos lleva a la risa y a la expresión máxima de a endorfia. La risa, el pique y el relax se convierten en el recuperador de una nueva ruta. Con la bajada del Stelvio, la misma ruta que marcó el ascenso de primera hora. Dolomitas marca un antes y un después en el ECM, esperando que esta aventura anual sea más y mejor.

CI VEDIAMO…

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Como niños

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Son las tres de la madrugada, no ha sonado el despertador. Calor, pero menos. A las 3.50, arriba. Vueltas y repaso de todo. Vuelo, viaje, documentación… Siempre se olvida algo (pantalón corto, que se sepa) Es raro pensar en salir sin tu cabra. Sensación extraña. Es como una infidelidad. «Lo has preparado conmigo, y no me llevas», parece decir. Nervioso como un niño….

Cuatro y cuarto, puntual como un reloj llegan los Jerez, padre e hijo, avanzadilla de un ECM que se parte para dejar su sello en los Alpes, como antes lo había dejado en Pirineos. El sueño de la cara y de la felicidad. Camino del aeropuerto, Valencia duerme. Algún que otro repartidor y poco más… Cuando el día empiece a desperezarse, nos veremos en Bérgamo, a dos horas del paraíso, a dos horas del Stelvio, el Gavia y el Mortitolo, colosos en donde los más grandes ciclistas de la historia han escrito sus historias más heroicas. Indurain, Pantani, Chiapucci… Con Fausto Coppi a la cabeza, el italiano que da nombre a la cima más alta del Giro.

Vuelo limpio y rápido, nos saluda Milán nublado, como queriendo llorar. El paisaje ha cambiado. El norte de Italia es como un trocito de Asturias o de Euskadi. Fina lluvia, para viajar de Lecco a Tirano, camino de Bormio. El Lago, inmenso, nos hace de anfitrión. Los trenes, últimos obstáculos. Lo que has esperado tiempo, toma forma. En Bellano, la parada más larga. En Tirano nos espera un bus hasta Bormio. Llueve más y mejor. Los Dolomitas se van erigiendo majestuosos. Todo es excitante. Quienes conocéis el elixir del pedaleo sabéis a lo que me refiero. El vicio toma forma de cabra, tu cabra, la que te acompaña con lealtad…

SUENA EL TREN

Suena el tren, las vías se dejan llevar hacia el infinito. El humano ha humanizado las zonas de montaña con largos túneles pegados al Lago. Es tan inmensa su forma de uve que casi no se acaba nunca. La vida en blanco y negro. El blanco calizo de las vistas al lago, el negro de la oscuridad de las guaridas por donde el tren se deja llevar. Estamos impacientes por llegar, coger las bicis y rodar. Pero tocará esperae. Primero, esperar a que la lluvia adelgace. Después, disfrutar de lo que nos ofrece la versión alpina italiana, llamada Dolomita. Su tamaño, en el cara a cara, ya impresiona. Qué ganas!!! «Tú escrius, jo pense en la cervessa que s’anem a fer»… Hay tiempo, Roque, hay tiempo. Risas.

Llegada a Bormio. Empieza la aventura. Hay mono de bici. Pero no hay tregua… Hasta que salga el sol, descanso activo. Y muchas ganas. Primera etapa. El mítico Gavia, pero eso será el próximo episodio

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Ellas solas

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Virginia Nicholson escribió* sobre una generación de mujeres a las que la Primera Guerra Mundial les había dejado solas ante una vida destinada a la familia. Las bajas masculinas de la guerra dejó huérfanos, pero también a las dos millones de mujeres que tuvieron que mirar hacia adelante sin un hombre cerca, porque no había. «Pobre si no quiso casarse, mala si no quiso», era el alegato no escrito pero sí real de la época, que ha sido el caldo de cultivo para la actual, tal y como se relata en Acprensa

Nuestra generación ha cambiando la noche por el tardeo, entre otros muchos logros. Ahora, las mujeres salen de fiesta en grupo o viajan solas o con amigas… o incluso amigos. Observo que las mujeres se han quitado (afortunada y definitivamente) algunos de sus muchos complejos, algunos que han tenido y otros que les han venido inducidos a lo largo de la historia: a viajar solas, a salir de fiesta, a no renunciar a su entorno… sea cual sea su condición o estado civil. Eso sí, hablo desde la heterosexualidad. No tengo ni idea de estos roles en la forma de relacionarse en otros casos de condición sexual.

Seguramente, ahora mismo, observo más ese concepto de necesidad de pareja en nosotros, los hombres. La mayoría siguen equilibrando lo propio con lo familiar. Aquello de que, aunque la policía de casa te de permiso para llegar tarde, para salir con amigotes, para viajar, para practicar tu deporte/hobby favorito aún a costa de la vida familiar, has de estar. Y quieres estar. «Me compensa». Es como si el hombre necesitara la estabilidad emocional para construir su vida. Observo que en los hombres, nuestro rol de hombre, se nos ha quedado obsoleto. Las mujeres progresan. Sin tregua. Y, también afortunadamente, lo hacen mucho más allá del formato cerrado del feminismo oficial.

Mujer en grupo

Este verano coincido de viaje con un grupo de mujeres. Desconozco la situación sentimental de todas y cada una de ellas (ni me importa). Sí sé que viajan solas y que se juntan. En algunos casos, como yo, en destino. Sin más ligazón que la referencia de alguien que te comentó: «Vienes a…?). Y no es la única vez. Mi entorno cercano de amigos es ahora menos grupal, contrariamente a lo que había sucedido históricamente. El timing del ocio masculino es en pareja. Hay situaciones concretas grupales. Pero, en general, observo que el hombre se mueve peor en la soltería. Y la mujer ha aprendido a huir de los apetitosos machos alfa pero con un peaje afectivo que, a la larga, las penaliza. Parece que la mujer se ha quitado la careta y ha tomado para sí el rol grupal hasta la fecha ligado a los hombres. Al final, las cuadrillas (fiestas y demás grupos) siempre habían sido masculinas. Y ahora, veo más grupos de mujeres que comparten el día día de su ocio, que de hombres, que somos más solitarios.

Viajar solas

Tacones viajeros es una red social digital para mujeres que, desde la soledad, quieren viajar pero no se atreven. «Viajes en los que dedicamos tiempo para nosotras, sin las prisas de nuestra vida cotidiana, desafiando nuestros límites y miedos y desconectando lo máximo posible», dice en su web. Desde mujeres casadas que no viajan en familia, como de cualquier tipo de soltería. Las quedadas de mujeres para hacer el deporte que te gusta también están muy en boga. Dicen en Mundokos que el 85% de los viajeros solitarios son mujeres, citando a Overseas Adventure Travel, un portal de viajes con un aparado para experiencia de mujeres en solitario (The Solo Women Experience). El perfil no es sólo el de mujeres sin pareja que quieran viajar, sino de mujeres que quieren mantener su propia hoja de ruta, independientemente de su estado civil, o similares.

Los datos ahí están. La observación, el análisis y el intercambio de ideas me llevan a reflexionar y pensar que la mujer ha tomado el testigo de parte de la vida grupal. Ahora no sólo la potencian, sino que la sienten como suya. Antes, muchas mujeres renunciaban a su entorno y se instalaban en el del hombre, a veces por necesidad ya que solían elegir al sitio de origen del hombre. Eran ellas las que se adaptaban, las que desligaban su pasado para construir su futuro. Y ahora es una delicia poder encontrar mujeres con su propio discurso vital, sin necesidad de renunciar a lo más importante de lo que les gusta y también sin renunciar a compartir su vida con alguien.

El nuevo discurso vital femenino provoca inseguridad masculina, otrora el número uno de los objetivos de una mujer en pareja. Las mujeres siguen teniendo la misma presión social para vivir en pareja. Aquello tan rancio de: Y tú no tienes pareja? Pero se van soltando. Ahora (y vuelve a ser una percepción personal), somos los hombres los que, tal vez, vivimos con esa etiqueta, pero no externa sino interna. Somos nosotros los que nos autoimponemos ese objetivo. Al argumento sexual de necesidad masculina por vivir en pareja, está el resto. Los hombres nos desordenamos más y dejamos salir nuestro instinto. El hombre en soltería es sinónimo de ligón, admirado, idolatrado y envidiado por todos su amigotes, Haces lo que te da la gana. No deja de ser una eterna y equivocada creencia utópica, propia del éxito tribal. Una figura (ligona) que también empieza a cuajar en el entorno social y grupal de las mujeres. Ellas solas, consigo mismas.

*Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la gran guerra

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Lo extraordinario

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«Nadie es extraordinario, excepto si alguien deposita su mirada en nosotros». En la Toscana (2022)

«Tú tienes una gran pasión, pero no eres extraordinario», le dice la madre al Chef Teo. «Nadie es extraordinario excepto si alguien deposita su mirada en nosotros», le añade. Una película de olores, sabores y música, más que de un guión atrayente. Poco más. Esta frase me hizo pensar. Lo extraordinario tiene un componente abducido, nos viene de fuera. Todos nos creemos a nosotros mismos especiales, pero lo extra nos viene de fuera. La autoestima nos ayuda a percibir esa admiración, y también a poder generarla.

Extraordinario no es que alguien te mire, sino que lo haga con admiración, con pasión, con esa belleza interna que haga erizar la piel y poner de fiesta la autoestima. Y no es sólo un componente sexual, sino sensitivo, válido para todo tipo de relación de estima (amistad, maternidad, solidaridad…) Es ese sentimiento que acaricia la excelencia y que se acompaña de una tenue sonrisa que roza la eternidad. Somos extraordinarios en cuanto a que alguien deposita en nosotros su mirada, su atención, que pasa a ser parte de ese genio que siempre representa el ente enamorable.

Y no sólo de una relación. Es más, diríamos que podría ser la más tenue de las excelencias. Un jardín de colores es la excelencia del mimo, cuidado y atención sobre cada uno de sus entes vegetales. La admiración por el resultado pero también por el proceso. Masajear una planta es como poner crema a la piel. Extraordinario. Detenerse a ver un amanecer o embobarse cuando uno ve dormir a su hijo.

Lo extraordinario se olvida de la estrategia y de la logística, de la pereza por compartir tu tiempo. Simplemente, te atrapa, te saca de la monotonía y te lleva a soñar despierto. Lo extraordinario pinta sonrisas pero atemoriza. La pérdida de lo extraordinario nos deja huérfanos, nos entristece. Llámale admiración y ponle pasión: a pintar un cuadro, a acabar una carrera, a inventar sabores en una receta, a meditar o a bailar sin parar como si no hubiera mañana. Busca la excelencia. Haz que te vean lo que ya te ves tú: extraordinario.

*En la Toscana, la película, el cuento de la pasión por la cocina, por los olores, por el tacto en la boca, por la mirada de colores. Cocinero de culto en una fria ciudad de Europa que vuelve a Italia a congratularse con los colores, los olores y la memoria de su pasado, con una salsa de aventura romántica con génesis en la amistad infantil. Nada nuevo, más allá de la extraordinaria fotografía que nos regala la Toscana

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Ma(E)ternidad

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No soy nada de eso de el día de… Ni siquiera del mío, de mi día, excepto algún año concreto (el que más cuando cumplí cuarenta, y no me preguntes por qué…) Ni busco la foto ni tampoco la expresión de algo que es una obviedad: el amor a tu madre es puro instinto: ella te creó. Desde la griega Rea a la romana Hilaria, pasando por la Virgen María de los cristianos, conmemorar la maternidad ha sido una consecuencia lógica de la propia creación. La Madre nos hace, es el origen de todo. De ahí, la Meternidad: una madre es eterna.

Enorme agradecimiento (en lo genético), y a partir de ahí se genera el resto, que puede resultar incondicional, o simplemente anatómico. Pero en este tipo de celebraciones siempre me pasa lo mismo: me chirría la pose. Como os conté en Navidad, que parece que todo el mundo tiene que ser feliz, y mucha que no lo es se siente frustrada. Lo mismo con la Madre (o el padre o cualquier santuario). Madres sólo hay una. Y yo la tengo. Por desgracia, no todos son como yo. Vaya pues esta reflexión para mostrar mi enorme afecto y comprensión a todas aquellas personas que ya no la tienen o que, si la tienen, no la sienten cercana, sea la razón que sea.

El concepto no es sólo el de madre (en sentido biológico) El concepto es el de la figura de madre, como apoyo de sus hijos. Los que no la tienen, los que no la han conocido o los que simplemente han renunciado a ella, la buscan y la encuentran. Madres adoptivas, madres de acogida, mujeres (y también hombres) que hacen la función necesaria de madres. A todas ellas, me dirijo. En todas, seguro que hay dedicación educación, directriz, buenos hábitos, buenos valores y, por supuesto, mucho amor. Todo ello es lo que agradezco a mi madre, que fue la primera mujer que conocí y la primera feminista de la que aprendí (nunca ha ido a una manifestación) y, sin duda, la mujer que más ha influido en mi vida.

Siempre recuerdo cómo, de pequeños, llegábamos de la escuela y teníamos redactadas aquellas notas en la cocina para preparar la comida -ella trabajó y nos enseño a todos a cocinar como logística necesaria-, cómo hicimos todas las tareas de casa, cómo aprendimos desde la igualdad real, sin poses. Mi madre siempre se ha sentido independiente, incluso para generar sus propias dependencias. Sus decisiones han sido como persona y mujer. Y con algunas de ellas no he estado de acuerdo o lo hubiera hecho de otra manera. Pero, como le digo a mi hija, las decisiones de los padres (el genérico, es decir nuestros progenitores), siempre que se hagan desde el sentimiento y con el valor como principal argumento, hay que valorarlas y aceptarlas. Nunca sobran. Siempre queda (y se aprende) aunque no te gusten.

Aquello de que los amigos son la familia elegida es un buen eslogan. ¡Ojo!, y siempre he dicho que hay pocas cosas mejor que unos buenos amigos. Pero una madre (en el amplio sentido de la palabra, genética o no) amorosa, comunicativa, comprensiva y no proteccionista es siempre un valor para no tentar a la suerte. La nuestra, además, nos inculcó la responsabilidad y la autogestión, y siempre nos animó a ser buenas personas por encima de todo. No fue elegida pero sí que es para estar agradecido eternamente. ¡Ah! ¿Y por qué no? Para gritarlo a los cuatro vientos, o escribirlo en las memorias que nos acompañan eternamente.

Un abrazo de agradecimiento a todas las formas de madre, a todas… Madres eternas. MaEternidad

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